"PARE. Identifíquese", lee un cartel amarillo y negro que corta el extremo brasileño del puente entre América Latina y la Unión Europea, y si uno traspasa las vallas de alambre salta un guardia a la distancia que ladra: "¡Vuelva atrás!".
El grito rompe el silencio reinante en esta imponente obra gris y vacía sobre el río Oiapoque, cuyas aguas marcan la frontera entre Brasil y la Guyana Francesa, en la selva amazónica.
Aunque el puente colgante de pilares de concreto y 378 metros de largo terminó de construirse hace cuatro años, nunca ha sido inaugurado y su uso está prohibido.
La demora en abrirlo es enigmática para los habitantes de los dos pueblos remotos a ambos lados del río, Oiapoque en la orilla brasileña y Saint-Georges en la francesa.
"Para cualquier brasileño y francés es el mayor misterio: ¿Por qué? Hace más de tres años que (el puente) está pronto…", dice Alexandra Pereira Costa, una ama de casa de 34 años, mientras le pintan las uñas de los pies en un salón de belleza de Oiapoque.
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La obra fue anunciada oficialmente en 1997 por los entonces presidentes de Francia, Jacques Chirac, y de Brasil, Fernando Henrique Cardos


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